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Ai Weiwei vs Antonio Vega Macotela

Juan José Santos

Publicado el 31 diciembre 2020
Ilustración de Danila Ilabaca

Gao Ying vigilada muy de cerca. Agacha ligeramente su cabeza y enfoca su mirada hacia la angosta apertura de una caja enorme y negra. Aunque Ying fuerza una sonrisa de hierro, no puede evitar emocionarse al ver lo que hay dentro de la caja. Recupera su posición, a punto de romper a llorar, y devuelve la mirada a sus perseguidores. Ella es la madre del artista. Ellos, reporteros de medios internacionales, turistas, espectadores de arte y las tallas de santos y figuras de óleos -como el Descendimiento de Lazzaro Bastiani- que decoran la Iglesia de San Antonin y que parecen estar a punto de, como la madre, echarse a llorar. Estamos en la Bienal de Venecia del 2013, en la inauguración de S.A.C.R.E.D., la instalación destinada a elevar a Ai Weiwei a los altares por obra de arte. No será canonizado por su vida y milagros, sino a petición de sus followers.

S.A.C.R.E.D. es el postre, siendo el primer plato Dumbass, canción interpretada por Ai Weiwei, escrita por Ai Weiwei, actuada por Ai Weiwei en un video que se basa en la experiencia de la reclusión sufrida por Ai Weiwei, seguramente alentado por el éxito en reproducciones en YouTube de su parodia del Gangnam Style del 2012, en el aparecía bailando el famoso dumbsong con las manos esposadas. ¿Cómo no iba a ser un éxito? Viendo Dumbass no solo te ríes viendo al artista travestirse o haciendo el bobo con dos chicas ligeras de ropa, sino que te implicas en su lucha contra el Gobierno Chino, que le tuvo retenido en una pequeña celda durante 81 días acusado de evasión fiscal, vigilado las 24 horas por dos soldados. Dumbass cumple su cometido de manera genial, avergonzando a un despótico régimen, reivindicando la vida del disidente -«Al diablo con el perdón, al diablo con la tolerancia, al diablo con los modales, la mala vida es invencible», canta en una estrofa- escapando de la censura, y abriéndose al gran público que accede a su obra desde el sofá de su casa a través de una plataforma gratuita. Pero no es lo mismo navegar triunfalmente por los canales de YouTube que por los canales de Venecia.

Yo, al igual que Gao Ying, estuve en Venecia agachándome para mirar por las ranuras de las seis cajas de pesado hierro aterrizadas en ese espacio sagrado -hablo de la iglesia, y un poco de la bienal-, observando los pasajes casi bíblicos de una estatuilla del artista en miniatura siguiendo sus rutinas diarias con dos soldados acoplados. Aunque, al contrario que Ying, no me emocioné mucho. Poco. Nada. Weiwei se esfuerza en querer que interpretemos su obra de manera intrínseca a su biografía, sin importarle que el crítico valora una obra de arte, no unos hechos, que son, sin género de duda, denunciables. Sus cartas están trucadas, pero no caeré en la trampa de quien quiere arrastrarme a sus vicisitudes y que me detenga en sus supuestos milagros, como sus “años del desierto” (hay quien dice que dedicó su estancia entre 1981 y 1993 en Nueva York a aprender a ser Duchamp -sólo sería cierto si se considerara al blackjack una suerte de ready made-), sobre si era tan crítico con el Gobierno Chino cuando colaboró en la construcción del Estadio Nacional de Pekín, sobre si su disidencia está más dirigida hacia los impuestos –paradójicamente, amenazó con irse del país que le acoge como refugiado, Alemania, por las altas tributaciones-, o acerca de la desactivación de su activismo cuando expone en un centro comercial de la mano de Paris Hilton,. No hay duda de que Ai Weiwei es tan víctima de unas autoridades que no aceptan reproches como paciente de su obsesión por la fama. Pero no estamos aquí para juzgar juicios. Sino para juzgar al arte.

Weiwei es un mal prisionero, ¿pero es un buen artista? Muchos convendrán que no, sobre todo aquellos que tienen grabada la fotografía en la que infamemente posa como Aylan Kurdi, el niño que apareció muerto por ahogamiento en una playa de Turquía. Otros dudarán acerca de la originalidad de marcar con el logotipo de Coca-Cola vasijas de la Dinastía Han. O se aburrirán ante la repetición de patrones (convertir un salvavidas en una escultura de mármol, una silla en una escultura en mármol, un cochecito de bebé, un sofá, puertas en esculturas de mármol…). No es un artista que genere obras con variadas capas interpretativas. La fotografía de su dedo medio levantado frente a la Torre Eiffel no arranca demasiadas metáforas. Quizás la mayor crítica hacia su obra es que él se erija como el protagonista de muchas de ellas, sobre todo aquellas que se inspiran en sus 81 días de cautiverio, que han dado para generar años y años de trabajo artístico. Desde la WeiweiCam, las quince cámaras de vigilancia que le grababan noche y día, del 2012 -mismo año en el que hizo una cámara de vigilancia, ¡Sí! ¡tallada en mármol! – hasta Man in a Cube, un negativo de su cuerpo tallado en concreto en la antigua cárcel de Wittenberg, fechada en el 2017.

Entre medias está S.A.C.R.E.D. su Archipiélago Gulag -pero en el que todos los prisioneros son él-, acrónimo compuesto por las iniciales de las seis “parábolas” a las que hace referencia en su cómic tridimensional: Supper, Accusers, Cleaning, Ritual, Entropy y Doubt (Cena, Acusadores, Limpieza, Ritual, Entropía y Duda). Estas escenas didácticas, sintetizadas, mostradas en una iglesia bajo el título “Sagrado”, me hacen concluir que el hecho de que a la inauguración acudiese su madre -él estaba retenido por el gobierno- fuese algo más que una anécdota, sino la inversión de la lógica creativa del artista, que en vez de transformar en mármol un aprisionamiento, convirtió en una performance en carne y hueso la Pietá clásica. Lo tiene claro: es un mártir, y su atributo de santo, una cámara de seguridad. S.A.C.R.E.D. está pensada para el espectador-turista de la Bienal, siguiendo un esquema asumido por el gran público, la viñeta -su maestría en la utilización de lenguajes universales es la clave de su aceptación-, infantilizando e infantilizándose y empequeñeciendo la interpretación. La visión del espectador se ve también reducida, así como su lectura de la obra, tan cerrada como un circuito de vigilancia, y la emoción/reflexión concluyente: “Son impresionantes, inteligentes y, a menudo, hermosos, pero poco efectivos. Casi todo lo que Ai usa, material, formal o simbólicamente, lo agota”, ha afirmado Peter Schejdhal sobre las obras de arte del chino. Cuando uno despega el ojo de los dioramas venecianos, no piensa en lo autoritario que es un país oriental. Sino en lo divertidas que son las figuritas del pobre Ai Weiwei en sus casas de muñecas. Más cercano al Autorretrato en la prisión de Sainte-Pélagie (1872), de Gustave Courbet, en el que el pintor aparece fumando pipa mirando al patio, con el disfraz de bohemio atormentado (sombrero y pañuelo rojo al cuello incluido), que a Time Divisa, del mexicano Antonio Vega Macotela, que aunque no estuvo encerrado, pasó mucho más que 81 días en la cárcel.

La visión del espectador se ve también reducida, así como su lectura de la obra.

Vega Macotela es un artista terrenal, y en Time Divise (2006-2010) hizo eso, trabajar en terreno. Y en su caso él no es protagonista: su obra no habla de la falta de su libertad, sino de la falta de libertad de otros. Durante cuatro años acudió al centro penitenciario Santa Martha Acatitla de México DF para realizar 365 “intercambios de tiempo” con los presos. El artista les pedía a los reclusos que realizaran una acción y, a cambio, se ofrecía para acometer acciones ordenadas por los internos que éstos no podían hacer al estar encerrados. Las acciones acordadas, del preso y del artista, tenían lugar de forma simultánea. Así, mientras Vega Macotela acudía a ver cómo el hijo de un prisionero daba sus primeros pasos, bailaba con una madre, visitaba burdeles, buscaba un amor perdido, se emborrachaba con viejos amigos, los presos contaban los latidos de su corazón, relataban cada cicatriz de su cuerpo, esculpían jabones o erosionaban con la acción de rascar con su dedo -durante trece horas- una edición del Conde de Montecristo.

El título de sus acciones de contrabando artístico, Time Divise, remite al intercambio simbólico en el que en lugar de pagarse con dinero, los trueques se realizan con tiempo. Refuerza esa idea el hecho de que el número de acciones fueran 365, los días que tarda la tierra en dar una vuelta alrededor del sol, y que identifican los ciclos vitales de la mayoría de culturas. El desajuste entre el tiempo objetivo y el subjetivo se cruza con una alteración frente al capitalismo, que sin duda algo tendrá que decir -al menos como testigo de cargo- en muchos de los casos de los enrejados. Otro concepto que queda interrogado en esta obra es el de autoría. Lejos de recaer todo el peso de la firma en el artista, aquí es el preso el co-autor de una obra, objeto u acción, que en muchos casos detiene un alto valor estético. Por último -y permítanme la lectura extemporánea-, hay en esta obra un anhelo de esperanza por parte de quien está confinado y alejado de sus seres queridos. Esta obra, vista desde la perspectiva del 2020 pandémico, alberga otros tesoros.

Son los resultados de las acciones los que se muestran como obra gráfica -ediciones-, una colección de afectos que registran la relevancia del gesto, la materia de la que está hecha el amor y la añoranza cuando se tiene tiempo pero no espacio, recuerdo pero no tacto, condena en lugar de libertad. Y, a pesar de la sensibilidad de este trabajo, no hay una mirada moralizante, no hay un romanticismo de correccional, sino un acuerdo entre sujetos atrapados por un sistema. Uno, por el de las limitaciones del arte. Otro, por las de las consecuencias de, quizás, malas decisiones. La tercera vía, la de Weiwei, es la de constreñir la mirada.

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